ANTONIO ISASI, CINEASTA 

POR ANTONIO JOSÉ NAVARRO

La existencia humana está marcada, ocasionalmente, por fuerzas inmateriales que no se pueden evaluar a peso, de manera científica, pero que de todos modos, pesan. Entre tales fuerzas destacaríamos el cine como actividad artística que el hombre ha producido, y produce, no con propósitos prácticos, sino más bien por amor a sí mismo. El cine se ve por deleite, por elevación espiritual, por sed de conocimientos o por pura diversión; el cine se disfruta, y a veces se sufre, con la intención de vivir una experiencia, de sentir emociones nuevas o de aprender algo que la vida, a menudo, sin que sepamos muy bien por qué, nos escamotea.

 

Antonio Isasi-Isasmendi forma parte de una categoría de cineastas, hoy prácticamente extinta, que contribuyó, de manera categórica, decisiva, a que el cine pesara; es decir, a que pudiera mantener el difícil equilibrio entre arte y espectáculo, combinando la excitación emocional pura y simple con un pensamiento elevado, distinto. En títulos como Relato policíaco (1954), La máscara de Scaramouche (1963), Las Vegas 500 millones (1964) o El perro (1977), las cualidades de un gran cineasta clásico —es decir, magia, narración, lección—, tienden a mezclarse en una impresión de único y vivificante esplendor. Y no necesitamos justificación alguna si, a la hora de utilizar el término “clásico”, evitamos hacer distinciones de antigüedad, estilo o autoridad. Lo que distingue al clásico es, justamente, un efecto de resonancia que vale tanto para una obra añeja como para una nueva, pero que ya ha dejado en el ámbito cultural colectivo una huella indeleble. Todo ello nos plantea una cuestión, a la que estamos respondiendo implícitamente con este texto, pero que merece una respuesta específica: ¿ha dejado Antonio Isasi huella en el cine español? Sin duda, al menos como experiencia personal y, en cierto sentido, única, ya que Isasi supo deslizarse por las grietas del sistema para tocar temas insólitos o incluso exponer puntos de vista diferentes, radicales, sobre temas ya manidos, siempre proclive a experimentar, a innovar, y hacer de una historia convencional algo personal.

 

Podríamos afirmar, pues, que Antonio Isasi probó de forma empírica la existencia de un cine provisto de una mirada seca, limpia, organizada, que provoca en nosotros un gran escalofrío estético, filosófico, al tiempo que jamás renuncia a ese principio del placer imprescindible en cualquier obra de arte digna de tal nombre. Una mirada, insistimos, incontestablemente personal, de ningún modo expuesta en primer término, acaso porque Isasi era consciente de cuánto tiene de oficio la creación cinematográfica: hacer lo mejor posible aquello que debe hacerse, afrontando toda clase de limitaciones y contratiempos. Una mirada que no solamente queda reflejada en vibrantes momentos de cine, como el duelo entre Scaramouche, bufón y espadachín, y el Marqués De la Tour, villano de tintes sadianos, en lo alto de una catedral gótica que, intuimos, es la de León, en La máscara de Scaramouche; o la aparatosa sustracción de unas preciadas fotografías del consulado chino en Estambul 65, donde Horst Buchholz, el protagonista, se convierte, de forma elegantemente desmitificadora, irónica, en una mezcla de James Bond y Scaramouche…

 

 Sin embargo, la mirada de Antonio Isasi, decíamos, se hace visible también en detalles que hoy algunos calificarían de atrevidamente postmodernos: recordemos, por valiente, por sincero, cómo Isasi escenifica parte del aparatoso tiroteo al inicio de Las Vegas 500 millones, frente a los pósters de tres películas muy concretas: Thunder Over the Plains (1953), de Andre de Toth, The Diamond Queen (1953), de John Brahm, y Retaguardia (The Command, 1954), de David Butler. Películas supuestamente “artesanales” —y entrecomillo lo de “artesanales”—, firmadas por realizadores que, a menudo, se citan entre el heterodoxo tumulto de la Serie B estadounidense.  Lo cierto es que, más allá de etiquetas industriales, y muy especialmente en el caso de De Toth y Brahm, comparten con Antonio Isasi su condición de temperamentales autores que revelan, sin aspavientos, sin dudosos ejercicios de estilo, su condición de rarezas, en colisión con modas y tendencias culturales del pasado y del presente.

 

Al igual que ellos, Antonio Isasi desarrolló su cine creyendo que el carácter de un hombre se plasma en lo que hace, en la moral implícita de su trabajo, en el saber estar a la altura de cada situación. De ahí que, durante largo tiempo, permaneciera olvidado por buena parte de la crítica debido a que su cine no era, como mandaban los cánones de la politique des auteurs, un ejercicio confesional, exorcístico: un muestrario de las obsesiones más exclusivas del autor. Pero, ¿es ello cierto? La autoría de las mejores películas de Antonio Isasi —recordemos, por si alguien lo ha olvidado, que fue director, productor, guionista y montador—, no solamente radica en ese férreo y encomiable sentido del oficio al que hemos hecho alusión antes, sino en esa exposición en primer término de una idea fundamental para hacer buen cine: el cine es tanto un pensamiento que adquiere forma como una forma que permite pensar. Desde sus inicios profesionales como director, Antonio Isasi supo que él tenía el control completo de lo que finalmente se ve en la pantalla. Demostró que no se trataba únicamente de “colocar” el guión allí… El ritmo, la vivacidad, el movimiento puede cambiar a los personajes, al núcleo de una película. El cine es creación de imágenes, y en muchas ocasiones las imágenes, por sí solas, pueden proyectar el pensamiento, el humor, las emociones de un personaje, la atmósfera de una escena, las ideas que sobre el mundo y el hombre atesora el realizador. Antonio Isasi nos descubrió que las imágenes, combinadas con “tempo”, con el ritmo, son la base de un arte, del arte de hacer películas. Y este no puede ni debe ser un acto mecánico: lo sientes o no lo sientes. La perfección técnica no puede reemplazar la inspiración. Ese es el principal requisito para ser cineasta. Un requisito que Antonio Isasi, incluso en sus peores momentos, demostró que poseía sobradamente.

 

Antonio Isasi narró en sus películas “negras”, en sus films de aventuras y acción, ásperas historias sobre traición, ambición, violencia, intriga, venganza y desesperación, las cuales parecían estar fuera de lugar en el cine español y europeo de los años cincuenta y sesenta. Las mejores películas de Isasi, incluso aquellas que no están del todo conseguidas, ostentan una visión del ser humano que nos hace sentir incómodos. Sus personajes se mueven siempre en un mundo falso, mezquino, donde el engaño y el cinismo están encaminados hacia una sola una meta: sobrevivir. Creo que aquí conviene mencionar su curioso film noir, Relato policíaco (1954), cinta de sketches cuya vertebración argumental es la clase que imparte un instructor de la Academia de Policía de Madrid, encarnado por Conrado San Martín, quien ofrece una visión del delito, del lumpen, tan sombría y deprimente como en el mejor cine negro americano, capaz de traducir en espectáculo esas realidades paralelas que coexisten en cada uno de nosotros, individuo y ser social, y en el que la noción de crimen cuestiona la coexistencia pacífica… Recalquemos el valor moral y político de Rapsodia de sangre (1957), dramático relato sobre la Revolución húngara de 1956 contra el poder soviético, donde —tensando la cuerda con las autoridades franquistas de la época por lo que de reversible tenía su discurso—, se puso de relieve la percepción general de que el estalinismo era una cruel dictadura monolítica, antidemocrática, que mostraba un total desprecio por la vida humana y por uno de sus mayores logros, el arte —el protagonista del film es Andreas Pulac (interpretado por Vicente Parra), un joven pianista que se niega a realizar un concierto en honor de una alta personalidad soviética, como acto de rebeldía ante la situación política de su país… Sin olvidarnos de la lectura política encriptada de El perro, en torno los estertores del tardofranquismo —estamos en 1977, el año de la matanza de los abogados de Atocha y de las primeras elecciones parlamentarias democráticas en España—. Como tampoco podemos descuidar la tensión dramática que se vive, casi se palpa, en el interior de aquel agujero en medio del desierto, donde los atracadores de La Vegas 500 millones escoden un furgón blindado con el propósito de desvalijarlo cuidadosamente, y que prueba que el honor en este mundo ya no existe ni entre los ladrones.

 

Al amparo de tan sombrío temperamento artístico, Antonio Isasi se revela como un anarquista existencial. Curiosamente, a partir de su eclosión como cineasta “comercial”, mainstream como se dice ahora,  con La máscara de Scaramouche, situación que alcanzará su cenit con Estambul 65 y Las Vegas 500 millones, Antonio Isasi apuesta por la marginalidad, por el outsider que responde a la agresión velada pero evidente de una sociedad injusta y represora Ya sean los hijos bastardos de un noble convertidos en comediantes en La máscara de Scaramouche, jugadores de ventaja metidos a espías de la CIA en Estambul 65, o ladrones de altos vuelos en Las Vegas 500 millones . El heroísmo en estos films es inseguro, subterráneo, y se halla ligado a la obstinada pelea por el derecho a elegir el propio destino, antes que una lucha por el amor, la gloria o la propia vida. Isasi, con su elaborada caligrafía visual —no exenta de una cierta austeridad— sitúa el impacto emocional por encima de la narrativa, la experiencia por delante de la eficiencia y, sobre todo, la existencia por encima de la esencia.

 

A ciertas naturalezas filisteas no se les puede hacer entender una cosa, una cosa que, si bien evidente, resulta tan inalcanzable para sus entendederas como la más elevada digresión metafísica: a saber, que el buen cine no tiene nada que ver con los grandes temas ni los grandes discursos, sino (fundamentalmente) con la forma en que un cineasta desarrolla su difícil oficio, en la envergadura artística —y, por consiguiente, humanística— de su estilo. Quizá por ello, hasta hace muy poco, Antonio Isasi no ha tenido el reconocimiento que se merecía por parte de la crítica e historiografía fílmica española. Desde el primer texto productivo sobre su trabajo, publicado en 1966 por la desaparecida revista “Film Ideal”, hasta el libro de Juan José Porto, preparado por el Festival de Málaga en 1999, o el de Jordi Batlle Caminal, editado en tres lenguas, castellano, catalán e inglés, por Filmoteca de Catalunya en 2005, han transcurrido 33 y 39 años respectivamente. Demasiado tiempo para uno de los pocos cineastas españoles a quien el calificativo de clásico no le viene en absoluto grande.

 

Gracias Antonio Isasi.

 

Antonio José Navarro

 

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