Laudatio de Francisco Canet

Por JORGE GOROSTIZA

Luis Buñuel, en la crítica que escribió en 1927 sobre Metrópolis (Metropolis; Fritz Lang, 1926), dijo que la película “como la catedral, debía ser anónima. Gentes de todas clases, artistas de todos órdenes, han intervenido para alzar esa monstruosa catedral del cine moderno. Todas las industrias, todos los ingenieros, muchedumbres, actores, escenaristas”.

     Si las películas son como catedrales, Francisco Canet Cubel ha sido uno de sus más hábiles canteros, ha sido como aquellos maestros de obra que trabajaban de forma callada pero que en realidad eran los verdaderos artífices de construcciones casi imposibles.

     Tadeo Villalba, el fundador de la dinastía de ‘Tadeos Villalbas’ que ha llegado hasta nuestros días, le dio la oportunidad de comenzar a trabajar en el cine como su ayudante, pero muy pronto se independizó, fundando una empresa de construcción de decorados para los estudios CEA.

     Traía desde su Valencia natal un aprendizaje que le sería de gran utilidad: no solo había estudiado escultura, sino que, además, como la mayoría de sus condiscípulos y futuros escultores, había trabajado en la construcción de fallas. Es obvio que el cine siempre se ha nutrido de otras manifestaciones artísticas, y en este caso la experiencia le sirvió a Canet para poder edificar decorados más ligeros y baratos, como en el caso de Eugenia de Montijo (José López Rubio, 1944) donde unas cariátides de cuatro metros de altura, que construidas con un vaciado de escayola hubiesen pesado cerca de tres toneladas, hechas de cartón, como cuenta el propio Canet, las podía llevar al hombro un chico de dieciséis años.

     Aplicando estas técnicas, construyó los más variados espacios, desde palacios en Tánger (Los misterios de Tánger; Carlos Fernández Cuenca, 1942) hasta cafés en París, pasando por ciudades subterráneas (respectivamente Café de París y La torre de los siete jorobados; Edgar Neville, 1943 y 1944). Sin embargo,  Canet no se conformó con levantar decorados diseñados por otros y comenzó a crearlos él mismo, simultaneando este trabajo con el de construcción, y además concibiendo y realizando efectos especiales con maquetas y fondos pintados sobre cristal.

     Creó y edificó bancos del far west (El sobrino de don Buffalo Bill; Ramón Barreiro, 1944), circos (La hija del circo; Julián Torremocha, 1944) e incluso  se atrevió a incendiar Santander (Santander la ciudad en llamas; Luis Marquina, 1944) casi como si se tratara de otra falla.

     Cansado de tan frenética actividad, Canet dejó la empresa de construcción que había creado a su encargado y discípulo, Francisco Rodríguez Asensio, que llegaría a ser uno de los constructores de decorados más prolíficos de nuestro cine.

     Si antes comparábamos las películas con las catedrales, no podemos olvidar que ambas –como la mayoría de las actividades humanas- deben ser financiadas por alguien: el pueblo a través de los impuestos en el primer caso; y en el segundo esa raza especial denominada productores, que en el cine español en muchas ocasiones se ha arriesgado hasta límites insospechables.

     Francisco Canet también ha ejercido esta actividad fundamental para ‘construir’ el cine. Comenzó a ser productor de forma casual, sin capital, tan sólo aportando su trabajo como director artístico en la filmación de El sótano (Jaime de Mayora; 1949). A pesar de que esta experiencia no resultó favorable desde el puto de vista económico, siguió arriesgando y creó con otros socios la productora UNINCI.

     Si su entrada en el mundo de la producción fue casual, también lo fue que estuviese paseando por la Gran Vía madrileña el mismo día  y a la misma hora que Luis García Berlanga, Juan Antonio Bardem y Ricardo Muñoz Suay, que por azar se los encontrara y que al conocer a este último de Valencia comenzase a hablar de su trabajo.

     El resultado de esta conversación y este encuentro es conocido: Canet vio Esa pareja feliz (Juan Antonio Bardem y Luis García Berlanga, 1951); Berlanga, Bardem y Muñoz Suay se integraron en UNINCI; y se rodó ¡Bienvenido, Mr. Marshall! (Luis García Berlanga, 1952). En esta película Francisco Canet dio muestra de su habilidad como creador de espacios, tanto naturalistas como oníricos, ámbitos tan variados como la realista y cochambrosa habitación en un café fonda de un pueblo de la meseta castellana, o tan fantásticos como uno de los espacios más imaginativos del cine español: el surrealista y estilizado tribunal donde sueña ser juzgado el cura, creado con unas dimensiones y sombras exageradas para darle mayor dramatismo a la acción.

     Sin dejar de ejercer como productor, Canet siguió trabajando como director artístico en películas de los más diversos géneros y con los directores más heterogéneos: Florián Rey, Ladislao Vajda, Pedro Lazaga, Antonio Román, Marco Ferreri, Luis Buñuel; Fernando Fernán-Gómez, José María Forqué, Luigi Comencini; Mauro Bolognini…

     Después de haber intervenido en cerca de ciento treinta películas, en los años setenta abandonó el cine debido a problemas de salud, que no le ha impedido llegar a los ochenta y nueve años con una envidiable vitalidad.

     Canet me contaba que su vida podía compararse con la de un hombre que va paseando por un muelle, se acerca a unas personas que están en el borde viendo como alguien se está ahogando, de repente lo empujan, cae al mar y no tiene mas remedio que salvar al que ya se estaba hundiendo. Cuando llega a la orilla con el accidentado, mientras toda la gente lo aclama como un héroe, él, en vez de explicar cómo ha efectuado el salvamento y vanagloriarse por su acción, lo único que desea saber es quien lo ha empujado.

     Es posible que muchos, en algún momento, hayamos actuado impulsados por otros. Pero estoy completamente seguro que nadie empujó a Francisco Canet para llegar a ser uno de los profesionales más importantes del cine español.

Jorge Gorostiza

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